Desde muy niño mis padres y abuela me enseñaron que el pan era la cara de Dios, por eso no había que botarlo, en caso de que fuera absolutamente necesario no debía deshacerme de él sin antes darle un beso (obviamente siempre que eso fuera posible).
Eso siempre me pareció entretenido, mira que andar dándoles besos a las marraquetas y hallullas. Ese gesto era practicado tanto por mis padres como por mi abuela, tanto más atractiva y divertida era aquella acción para mí.
Ya más grande, formado el hábito, pude darle un sentido, entendí que no era sólo por entretención, sino por descubrir el valor que significa tener algo que comer, un regalo que conviene agradecer para que ese bien persista y no falte. Más tarde pude analizar aquella acción a la luz de nuevos conocimientos, comprendí que va más allá de un agradecimiento, es una toma de conciencia de que hay muchos otros, quizás desconocidos rostros, que no tienen ese pan y que hacen todos los días un sacrificio para conseguirlo.
En el fondo se trata de una tremenda crítica a quien no es capaz de tener lo que debe y termina por deshacerse de lo superfluo. Todos sabemos que tenemos un compromiso con los nuestros, los más cercanos a quienes nos debemos, no obstante también nos debemos a todos los nuestros, hasta los más lejanos. El beso es el recuerdo de que no se ha hecho nada para que ese alimento llegue a las manos de quien lo pide, y que no quiere recogerlo de la basura, porque eso lo hace sentirse indigno sabiendo que no lo es.
Este ejemplo es una prueba del proceso de formación de virtudes. No basta con enseñar la definición de una virtud para empezar a practicarla, ni siquiera es suficiente saber la definición, aunque si necesario para empezar el camino. No pretendo ser un ejemplo de virtud, el hecho de escribir esto prueba de que no lo soy, pretendo rescatar algo bueno que mi familia hizo por mí, ellos merecerían, en caso de concederlo, el justo valor de estos recuerdos.
La repetición constante de un hábito es algo que se le exige a quien busca ser un profesional. Esta calidad provee una especial autoridad y va más allá del valor que cada técnica proporciona a su especialidad. El profesional es quien ejerce el camino constante hacia la virtud, es la única forma de alcanzar una carrera en cuanto lo que es. No se es justo por las acciones que se realizan sino que porque se es justo las acciones que se realizan son justas, no basta con saber tocar el violín hay que ejecutar la música para que exista el violinista virtuoso, la virtud es un hábito operativo del bien.
Quizás hoy en día este tema suena lejano, suena pasado de moda, fuera de época, suena a discurso estéril. Quizás hoy en día hace falta volver a proponer esos pequeños gestos que terminan por formar un carácter, claro que eso conlleva un verdadero compromiso por los demás, estar ahí para corregir cada vez que aparezca el error, dedicarse con paciencia a modelar una vida, con el riesgo de que todo resulte vano.
Pero eso sería hacer algo viejo, pasado de moda y absurdo, hoy parece que las máscaras son más importantes que los contenidos, la soledad inunda las multitudes, los problemas de otro son un alivio por no ser los nuestros, agradecemos cuando vemos un asalto y no fuimos nosotros las víctimas, la indiferencia parece ser nuestra fiel compañera.









Aqui ya no vuelan plumas...
tienes que trabajar mañana...
Simplemente excelente escrito. Me siento identficado con todo lo que dices y me alegra saber que existen personas que piensan como tú. Me sumo a todo lo que dices y te felicito por compartirlo. Definitivamente un favorito. Paseate por mi blog, hay un par de escritos que te pueden interesar, como "Patillas para despertar".
Saludos,
Juan Pablo